Antes de saber que estábamos robando a nuestra abuela lo poco que le quedaba de autonomía, y mientras apresurábamos las gestiones para meterla en una residencia subvencionada, la llevamos a una privada. A todos nos daba miedo aquel lugar; y a ella más. Los primeros días nos recibía llorando y nosotros habíamos de tragarnos nuestras lágrimas. Irremediablemente fuimos normalizando el desfile por la sala de viejitos de cuerpo deshilachado, la suciedad en cada rincón, los sofás a jirones y la comida hecha en mitad de tiempo.

Comprendimos pronto que las cuatro mujeres dominicanas que habían de gestionar todas las tareas de la residencia (incluyendo la atención a los ancianos) no tenían energía para más. Yo traté de convencer a mi abuela de que contemplar desde el pequeño jardín de aquel chalet el majestuoso pico Peñalara suponía todo un lujo. Mi hermano le compró un parchís, que sólo fue usado el día de su estreno. Más éxito tuvo mi madre al llevarla un abanico y una baraja de cartas. Aunque tras dos semanas de tristeza, María Alejandra no sabía distinguir las espadas de los oros o las copas.

A los tres meses llegó la ansiada noticia y la trasladaron a una residencia municipal. Todos respiramos y nos alegramos. ¿Todos? A decir verdad, a mi abuela no le gustó nada el cambio. Y cuando tratamos de llamar su atención sobre la limpieza y el orden metódico, sobre la cuidada preparación de los menús, y la ventaja de recibir toda suerte de explicaciones por parte de la médica y la trabajadora social, ella no quiso atender. Eso sí, replicó con firmeza que echaba mucho de menos a las chicas de la anterior residencia y nos recordó que ellas eran, sin lugar a dudas, inmensamente cariñosas y amables.

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Abú, poeta marroquí y vecino reconocido de Bilbao; murió de un infarto en una pensión del barrio de San Francisco, a finales del año 2000. Murió en soledad, tal como había transitado por la vida. Fuimos vecinos de escalera por dos años. Alguien debió presentarnos, quizás en una tienda. En la identificación preliminar, a mí me tocó ser profesora de castellano y a él fotógrafo. Así que más adelante yo le propuse pasear por Bilbao con la cámara al hombro y él me pasó algunos de sus poemas escritos en castellano, esperando algún comentario. Sus poemas hablaban desde el lado oscuro y sufrido de su experiencia de emigración. Insistían sobre la soledad y el desarraigo. Gritaban sobre su auto exilio, sobre la tierra amada que había dejado y esta otra que no le acogía como esperaba. Yo intenté sugerirle correcciones sin pisar sus opciones, y le animé a seguir revisándose.

Aquella carpeta de cuartillas descoloridas y rasgadas, escritas con una máquina antigua recogida en la basura, fue engrosando durante largas tardes de lluvia. Sentados en la mesa de mi cocina, mientras nos calentábamos las manos con un vasito de té verde, se confrontaban sus desesperanzas y mis propuestas de superación. Tanta resistencia a ver siquiera una rendija de luz empezó a hacerme sospechar que Abú se sentía demasiado cómodo en su papel depresivo. Por mi parte, deseaba abandonar cuanto antes mi función de animadora.

Algo había detrás de su pesimismo aparentemente crónico, pues no sabemos quién convenció a quién de que era posible dar cuerpo de libro a aquellos poemas. Abú los editó por su cuenta y se dedicó a distribuirlos: salía al anochecer con una vieja bolsa de tela vaquera al hombro y recorría los bares de Bilbao. Cuando intuía disposición a conversar sobre el exilio mostraba ufano sus poemas y declamaba alguno escogido para la ocasión. Y siguió escribiendo en los huecos de reposo entre sus trabajos como acuchillador, como obrero de la construcción y en la venta ambulante.

Pasado más de un año sin vernos, coincidimos en el bar de un paisano suyo y conversamos, ¿cómo no? sobre la escritura, nuestra pasión en común. “Ahora ya no escribo sobre la emigración”, me dijo satisfecho. “Esa época se acabó. Ahora hablo de otras cosas. Las culturas. La mía, la tuya; nuestra cultura… ¡porque muchas veces es la misma! Sobre la vida aquí… Otros temas”.

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Hace varios años un periodista local se atrevió a mentir que había muerto el último molinero de El Campo de Gibraltar. Si buscaba un efecto impactante, el veneno de su palabra hizo que más de una persona retirase su atención de los seculares molinos harineros y de las familias que los mantienen. Igualmente, ¡cuánta veces he escuchado hablar de la inevitable desaparición de los trabajos de cestería con palma! Visto así, sólo merecen ser recordados con añoranza.

Como la vida cotidiana discurre por veredas distantes a estos mezquinos usos, no es extraño que más de un molino harinero siga batiendo las aguas del arroyo del Rayo, y que decenas de campogibraltareños aún trencen entre sus ágiles dedos la hoja del palmito (nuestra entrañable palmera autóctona) para transformarla en tonisa o empleita, precedente de aperos y esteras que perduran como la vida humana.

Tiempo hace que en Puertollano, Juan Gil había abandonado su permanencia en el oficio de su vida, de la que se iba retirando lentamente por deseo propio; su hija María bien lo sabía. María, la que aún amasa la harina que una vez fermentada se transfigura en Pan dentro del horno casero. El camastro habilitado en el interior de su molino fue retirado, y desaparecieron sus prolongadas siestas de verano arrulladas por la piedra molinera. Al recibir la noticia, un repentino vértigo me llevó a dudar si el milagro de la energía cinética transformada en Pan (el Pan de Puertollano) se detendría. No tardé en recobrar mi noción de las cosas cuando supe que un yerno suyo y un nieto habían tomado relevo.

El olor ácido del Pan recién cocido me lleva a una conversación en la cocina de un cortijillo a las afueras de Tarifa. El secreto de una buena telera de  pan macho (de cuyo nombre habría que hablar), ¿dónde se halla? “En la molienda de la harina”, afirmaba con seguridad un anciano de la casa. “En el amasado”, corregía firme la mujer que le acompañaba. Inevitables divergencias originadas por el secular reparto de tareas. Cierto es que su tiempo (y el de Juan y sus hijos) no lo fue de oficios a escoger sino de supervivencia.

El anciano molinero que fue testigo de temidas visitas de “los de la sierra” en los caseríos de Puertollano y del estraperlo durante varias décadas, no quiso dejarnos mientras no vio asentada la continuidad del centenario oficio familiar. Por eso, a sus noventa años, Juan Gil ha marchado garganta arriba tranquilo. Sabe que el molino es para su gente motivo de vida; la vida del hilo de agua que desde el canal de piedra salta y golpea la pala, que transmite el movimiento a otra piedra que torna el trigo en harina que cocerá en Pan.

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Dicen que te vas a morir, Luz. Recuerdo tus enseñanzas de mujer sin escuela, como tantas mujeres de tu tiempo en Tarifa. En tu madurez te obligaron a asistir diariamente a la de adultos a cambio de recibir una paguita. Tú sabías que gracias a vuestra presencia las maestras conservarían su puesto de trabajo y que por eso os animaban a asistir. “¡El mundo es redondo como una pelota!”, llegaste pregonando un día. Y en su inmensa redondez, te viste acompañando a tu madre en su largo viaje final.

Tras la despedida, no tardaste en ser compañía de decrépitas señoritas; aquellas que habían vivido del sudor de las pobres de Tarifa. Ya a la vuelta de la vida, cuando su memoria y sus piernas temblaban, ellas se apoyaban en tí, Luz. Y siempre malpagada. La ex directora de escuela cuyos pensamientos se deshilachaban se revolvía nerviosa en la mecedora al escucharte palabrear chascarrillos con guasa. Y sin embargo, ¿qué otro cariño y cuidados recibió ella en los durísimos años previos a su muerte? ¿Quién se esforzó como tú en sacarla del silencio y del abismo interior?

Libre en tus sentimientos y libre de prejuicios, te enamoraste de tu empleador. El mismo hombre que, fuera de sus casillas, te gritaba y te insultaba sin reparos. Él carecía de paciencia para tus límites y no podía ver tus cualidades. Y hasta te encelaste, ¡ay, Luz!, cuando él se acercó a otra mujer. Lo cierto es que, como el mundo es redondo como una pelota, aquel vago lazo convencional se deshizo al mirarse en el espejo.

Sólo agradecerte tu escuela libre, Luz.

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