Dicen que te vas a morir, Luz. Recuerdo tus enseñanzas de mujer sin escuela, como tantas mujeres de tu tiempo en Tarifa. En tu madurez te obligaron a asistir diariamente a la de adultos a cambio de recibir una paguita. Tú sabías que gracias a vuestra presencia las maestras conservarían su puesto de trabajo y que por eso os animaban a asistir. “¡El mundo es redondo como una pelota!”, llegaste pregonando un día. Y en su inmensa redondez, te viste acompañando a tu madre en su largo viaje final.

Tras la despedida, no tardaste en ser compañía de decrépitas señoritas; aquellas que habían vivido del sudor de las pobres de Tarifa. Ya a la vuelta de la vida, cuando su memoria y sus piernas temblaban, ellas se apoyaban en tí, Luz. Y siempre malpagada. La ex directora de escuela cuyos pensamientos se deshilachaban se revolvía nerviosa en la mecedora al escucharte palabrear chascarrillos con guasa. Y sin embargo, ¿qué otro cariño y cuidados recibió ella en los durísimos años previos a su muerte? ¿Quién se esforzó como tú en sacarla del silencio y del abismo interior?

Libre en tus sentimientos y libre de prejuicios, te enamoraste de tu empleador. El mismo hombre que, fuera de sus casillas, te gritaba y te insultaba sin reparos. Él carecía de paciencia para tus límites y no podía ver tus cualidades. Y hasta te encelaste, ¡ay, Luz!, cuando él se acercó a otra mujer. Lo cierto es que, como el mundo es redondo como una pelota, aquel vago lazo convencional se deshizo al mirarse en el espejo.

Sólo agradecerte tu escuela libre, Luz.



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