Hace varios años un periodista local se atrevió a mentir que había muerto el último molinero de El Campo de Gibraltar. Si buscaba un efecto impactante, el veneno de su palabra hizo que más de una persona retirase su atención de los seculares molinos harineros comarcales y de las familias que los mantienen. Igualmente, ¡cuánta veces he escuchado hablar de la inevitable desaparición de los trabajos de cestería con palma! Visto así, sólo merecen ser recordados con añoranza.

Como la vida cotidiana discurre por veredas distantes a estos mezquinos usos, no es extraño que más de un molino harinero siga batiendo las aguas del arroyo del Rayo, y que decenas de campogibraltareños aún trencen entre sus ágiles dedos la hoja del palmito (nuestra entrañable palmera autóctona) para transformarla en tonisa o empleita, precedente de aperos y esteras que perduran como la vida humana.

Tiempo hace que en Puertollano Juan Gil había detenido su permanencia en el oficio de su vida, de la que se iba retirando lentamente por deseo propio; su hija María bien lo sabía. María, la que aún amasa la harina que una vez fermentada se transfigura en pan dentro del horno casero. El camastro habilitado en el interior de su molino fue retirado, y desaparecieron las prolongadas siestas de verano arrulladas por la piedra molinera. Al recibir la noticia, un repentino vértigo me llevó a dudar si el milagro de la energía cinética transformada en pan (el Pan de Puertollano) se detendría; pero no tardé en recobrar mi noción de las cosas cuando supe que un yerno suyo y un nieto habían tomado su relevo.  

El olor ácido del Pan recién cocido me lleva a una conversación en la cocina de un cortijillo a las afueras de Tarifa. El secreto de una buena telera de  pan macho (de cuyo nombre habría que hablar), ¿dónde se halla? “En la molienda de la harina”, afirmaba con seguridad un anciano de aquella casa. “En el amasado”, corregía firme la mujer que le acompañaba. Inevitables divergencias originadas por el secular reparto de tareas. Cierto es que su tiempo (y el de Juan y sus hijos) no lo fue de oficios a escoger sino de supervivencia.

El molinero que fue testigo de temidas visitas de ”los de la sierra” en los caseríos de Puertollano y del estraperlo de los años cuarenta y cincuenta no quiso dejarnos mientras no vio asentada la continuidad del centenario oficio familiar. Por eso, a sus noventa años, Juan Gil ha marchado garganta arriba tranquilo. El molino es para su gente motivo de vida; la vida del hilo de agua que desde el canal de piedra salta y golpea la pala, que transmite el movimiento a otra piedra que torna el trigo en la harina que cocerá en Pan.



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