Antes de saber que estábamos robando a nuestra abuela lo poco que le quedaba de autonomía, y mientras apresurábamos las gestiones para meterla en una residencia subvencionada, la llevamos a una privada. A todos nos daba miedo aquel lugar; y a ella más. Los primeros días nos recibía llorando y nosotros habíamos de tragarnos nuestras lágrimas. Irremediablemente fuimos normalizando el desfile por la sala de viejitos de cuerpo deshilachado, la suciedad en cada rincón, los sofás a jirones y la comida hecha en mitad de tiempo.

Comprendimos pronto que las cuatro mujeres dominicanas que habían de gestionar todas las tareas de la residencia (incluyendo la atención a los ancianos) no tenían energía para más. Yo traté de convencer a mi abuela de que contemplar desde el pequeño jardín de aquel chalet el majestuoso pico Peñalara suponía todo un lujo. Mi hermano le compró un parchís, que sólo fue usado el día de su estreno. Más éxito tuvo mi madre al llevarla un abanico y una baraja de cartas. Aunque tras dos semanas de tristeza, María Alejandra no sabía distinguir las espadas de los oros o las copas.

A los tres meses llegó la ansiada noticia y la trasladaron a una residencia municipal. Todos respiramos y nos alegramos. ¿Todos? A decir verdad, a mi abuela no le gustó nada el cambio. Y cuando tratamos de llamar su atención sobre la limpieza y el orden metódico, sobre la cuidada preparación de los menús, y la ventaja de recibir toda suerte de explicaciones por parte de la médica y la trabajadora social, ella no quiso atender. Eso sí, replicó con firmeza que echaba mucho de menos a las chicas de la anterior residencia y nos recordó que ellas eran, sin lugar a dudas, inmensamente cariñosas y amables.



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