Abú, poeta marroquí y vecino reconocido de Bilbao; murió de un infarto en una pensión del barrio de San Francisco, a finales del año 2000. Murió en soledad, tal como había transitado por la vida. Fuimos vecinos de escalera por dos años. Alguien debió presentarnos, quizás en una tienda. En la identificación preliminar, a mí me tocó ser profesora de castellano y a él fotógrafo. Así que más adelante yo le propuse pasear por Bilbao con la cámara al hombro y él me pasó algunos de sus poemas escritos en castellano, esperando algún comentario. Sus poemas hablaban desde el lado oscuro y sufrido de su experiencia de emigración. Insistían sobre la soledad y el desarraigo. Gritaban sobre su auto exilio, sobre la tierra amada que había dejado y esta otra que no le acogía como esperaba. Yo intenté sugerirle correcciones sin pisar sus opciones, y le animé a seguir revisándose.

Aquella carpeta de cuartillas descoloridas y rasgadas, escritas con una máquina antigua recogida en la basura, fue engrosando durante largas tardes de lluvia. Sentados en la mesa de mi cocina, mientras nos calentábamos las manos con un vasito de té verde, se confrontaban sus desesperanzas y mis propuestas de superación. Tanta resistencia a ver siquiera una rendija de luz empezó a hacerme sospechar que Abú se sentía demasiado cómodo en su papel depresivo. Por mi parte, deseaba abandonar cuanto antes mi función de animadora.

Algo había detrás de su pesimismo aparentemente crónico, pues no sabemos quién convenció a quién de que era posible dar cuerpo de libro a aquellos poemas. Abú los editó por su cuenta y se dedicó a distribuirlos: salía al anochecer con una vieja bolsa de tela vaquera al hombro y recorría los bares de Bilbao. Cuando intuía disposición a conversar sobre el exilio mostraba ufano sus poemas y declamaba alguno escogido para la ocasión. Y siguió escribiendo en los huecos de reposo entre sus trabajos como acuchillador, como obrero de la construcción y en la venta ambulante.

Pasado más de un año sin vernos, coincidimos en el bar de un paisano suyo y conversamos, ¿cómo no? sobre la escritura, nuestra pasión en común. “Ahora ya no escribo sobre la emigración”, me dijo satisfecho. “Esa época se acabó. Ahora hablo de otras cosas. Las culturas. La mía, la tuya; nuestra cultura… ¡porque muchas veces es la misma! Sobre la vida aquí… Otros temas”.



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