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PENSIÓN DE ORFANDAD PARA LOS HIJOS DE MANUELA DÍAZ, CUYO MARIDO FUE ASESINADO AL INICIO DE LA GUERRA DE 1936-1939 EN LA FINCA DE EL PEDREGOSO (FACINAS, TARIFA – CÁDIZ)

El 8 de febrero de 1945 Manuela Díaz Sánchez, de 53 años, que vivía en la ciudad de Cádiz, solicitó una pensión de orfandad para sus tres hijos, Antonio, José y Manuela, de 16, 14 y 11 años. Su escrito, dirigido al Gobernador Civil de Cádiz, se amparaba en el Decreto 23 de noviembre de 1940 sobre Huérfanos de la Guerra. Manuela Díaz explica que en el año 1936 su marido “fue detenido por fuerzas de la Guardia Civil y de la Falange en el pueblo de Facinas, sin que hasta la fecha se haya vuelto a saber nada de él”, por lo que cree que fue “ejecutado”. Y firma su solicitud con dos huellas digitales.

El expediente del año 1946 número 195 del Registro particular del Negociado que se conserva en el archivo municipal de Cádiz reúne documentos relacionados con su solicitud. Un repaso del expediente nos acerca a lo que suponían estas gestiones y a la situación de Manuela y de muchas mujeres en este tiempo y lugar. La portada del expediente es del “Negociado de huérfanos de la revolución y de la guerra” del Ayuntamiento de Cádiz. El asunto indica: “se concede pensión a los menores Antonio, José y Manuela García Díaz”. Llaman la atención una anotación a mano junto a la palabra “ASUNTO”: “Piedad”. Sobre cada nombre de los hijos (Antonio y José) hay un “NO” escrito en lápiz rojo. No así sobre el nombre de su hija Manuela, que está subrayado con el mismo color.

Sobre el mismo papel que recoge su solicitud hay una nota a máquina del 4 de mayo de 1945 que requiere informes a la guardia municipal de Cádiz sobre su “conducta, moralidad y pobreza” y comprobación de si tiene en su hogar y a su cargo a sus tres hijos, en su domicilio de calle Primo de Rivera 241. La misma fecha tiene la respuesta del cabo, que detalla que Manuela Díaz “es persona de buena conducta e igual moralidad”, que los dos hijos mayores “han trabajado como dependientes en establecimientos de bebidas pero en la actualidad se hallan sin colocación”, que “la hembra” asiste al colegio y que Manuela se gana la vida “echando medios días de lavado de ropa agena (sic)”, lo que dice acredita su casero, José López Cárdenas.

Por las partidas de bautismo de los hijos sabemos de su padre: se llamaba Manuel García Navarro, con profesión “del campo” y nacido en el pueblo gaditano de Algar, al igual que Manuela, su madre, y sus abuelos. Los padres de Manuel García eran Antonio García Romero y Dolores Navarro García, y los padres de Manuela Díaz eran Juan Díaz Marqués y Manuela Sánchez Pavia.

El certificado de bautismo de Antonio García indica que nació el 28 de febrero de 1928 en El Pedregoso. Se trata de una extensa finca montuosa de alcornocal y quejigo a varios kilómetros de la aldea de Facinas, en el término de Tarifa. Antonio fue bautizado nueve meses después, el 2 de diciembre de ese año. Su madrina de bautismo fue Catalina y los testigos, Pedro Millán y Antonio Paz. No es de extrañar que Antonio fuese llevado a la aldea para ser bautizado muchos meses después de su nacimiento: en esos años la mayor parte de los habitantes de El Pedregoso vivían en condiciones muy precarias: habitaban chozas de piedra y techo de castañuela, y se desplazaban a pie por veredas. Los relatos orales nos detallan que las mujeres daban a luz “en la oscuridad de su choza o a la sombra de un chaparro”, y con la ayuda de una vecina o de una partera tradicional.

José García, el segundo, nació el 4 de diciembre de 1930. Fue bautizado en febrero de 1931, según un certificado de bautismo expedido en la Parroquia de Santa Cruz de Cádiz en abril de 1945.

Manuela García, la hermana menor, nació el 16 de abril de 1933 en El Pedregoso. Fue bautizada cuando tenía tres años y medio, el 9 de septiembre de 1936. Habían pasado varias semanas de la ocupación de la aldea de Facinas por los militares golpistas y el marido de Manuela Díaz ya habría sido secuestrado por las Guardia Civil y la Falange. El largo lapso entre el nacimiento y el bautizo de su hija nos sugiere que los padres optaron por no bautizarla, en un contexto de laicización de la vida cotidiana durante la Segunda República. Tras el inicio del conflicto armado y la desaparición de su marido, Manuela Díaz se vería presionada por las autoridades advenedizas para bautizar a su hija. Sus padrinos fueron Guillermo Serrano Sánchez y Trinidad Rollano Patons, de Facinas, y como testigos firmaron José Núñez Canas y Pedro Herrera Gordo.

Las informaciones sobre el posible matrimonio de Manuela y Manuel son contradictorias: el certificado bautismal de su hijo Antonio, nacido en 1928, dice que se habían casado en Algar “diecisiete años antes” (hacia 1911), y el de su hija Manuela, nacida en 1933, sitúa el matrimonio “cuatro años antes” (hacia 1929). Estos certificados corresponden a los hijos nacidos en la finca de El Pedregoso y están extendidos en la parroquia de Tarifa en noviembre de 1937 y abril de 1938. Cabe pensar que el certificado recoge afirmaciones orales de los padres y que de hecho no se habían casado.

En abril de 1945 el juez municipal del distrito de Santa Cruz en Cádiz certificó que Antonio, José y Manuela García Díaz existían. Poco después Manuela Díaz dejó su huella digital en una declaración jurada de que no percibía ninguna pensión por Huérfanos de la Revolución Nacional y la Guerra a favor de sus hijos. Estos son los últimos documentos que figuran en el expediente consultado. No tenemos certeza de que los tres hijos de Manuela llegasen a contar con esta pensión.

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El 6 de diciembre de 2018 Agustín García Flores, poeta de La Línea, me envió estos versos, incluidos en su poemario inédito Gris. En él recoge “impresiones, injusticias y experiencias de su ciudad”. Bella forma de poner palabras y denuncia a la dura realidad de la vida en las barracas. ¿Y qué mejor modo de cantar a su pueblo?

Axioma de un pasado sin color

Enseñan las arenas teoremas a la grava,
pasajes indigentes con brillos de la fiebre.
Aún clama la osamenta sumida en palidez,
sofocada en la amnesia de anémicos colores.

Oficio de la sangre y leyes de arboledas
con sacos encalados y sábanas de lluvia
en áridas estancias de hambre y mejorana,
hostiles pesadillas con gritos reprimidos.

Rendijas agresivas que dejan ver un cielo
de estrellas relegadas en lechos sobre arena.
De nácar, esqueletos tras huellas demacradas,
recelos angustiados en tísico silencio.

Un delirio postrado junto al grillo constante
entre lonas y tablas a la luz del carburo,
en la sombra que escucha cuando oculta la noche
las vasijas sedientas de la fresca agua dulce.

En penumbra las conchas bajo la gris mirada,
en la playa inclemente cuando duele el dolor.
En el aire sucumbe, derrotado y cautivo,
el axioma doliente junto a chapas exhaustas.

El cielo sorbo a sorbo se bebe al mar, sonámbulo,
ante el recuerdo amargo. Busca el llanto agotado
sobre tumbas de luces; busca el brillo de un dogma
y en la noche del búho sus descalzos pies halla.

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Antes de saber que estábamos robando a nuestra abuela lo poco que le quedaba de autonomía, y mientras apresurábamos las gestiones para meterla en una residencia subvencionada, la llevamos a una privada. A todos nos daba miedo aquel lugar; y a ella más. Los primeros días nos recibía llorando y nosotros habíamos de tragarnos nuestras lágrimas. Irremediablemente fuimos normalizando el desfile por la sala de viejitos de cuerpo deshilachado, la suciedad en cada rincón, los sofás a jirones y la comida hecha en mitad de tiempo.

Comprendimos pronto que las cuatro mujeres dominicanas que habían de gestionar todas las tareas de la residencia (incluyendo la atención a los ancianos) no tenían energía para más. Yo traté de convencer a mi abuela de que contemplar desde el pequeño jardín de aquel chalet el majestuoso pico Peñalara suponía todo un lujo. Mi hermano le compró un parchís, que sólo fue usado el día de su estreno. Más éxito tuvo mi madre al llevarla un abanico y una baraja de cartas. Aunque tras dos semanas de tristeza, María Alejandra no sabía distinguir las espadas de los oros o las copas.

A los tres meses llegó la ansiada noticia y la trasladaron a una residencia municipal. Todos respiramos y nos alegramos. ¿Todos? A decir verdad, a mi abuela no le gustó nada el cambio. Y cuando tratamos de llamar su atención sobre la limpieza y el orden metódico, sobre la cuidada preparación de los menús, y la ventaja de recibir toda suerte de explicaciones por parte de la médica y la trabajadora social, ella no quiso atender. Eso sí, replicó con firmeza que echaba mucho de menos a las chicas de la anterior residencia y nos recordó que ellas eran, sin lugar a dudas, inmensamente cariñosas y amables.

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Abú, poeta marroquí y vecino reconocido de Bilbao, murió de un infarto en una pensión del barrio de San Francisco a finales del año 2000. Murió en soledad tal como había transitado por la vida. Fuimos vecinos de escalera por dos años. Alguien debió presentarnos, quizás en una tienda. En la identificación preliminar a mí me tocó ser profesora de castellano y a él fotógrafo. Así que más adelante yo le propuse pasear por Bilbao con la cámara al hombro y él me pasó algunos de sus poemas escritos en castellano, esperando algún comentario. Sus poemas hablaban desde el lado oscuro y sufrido de su experiencia de emigración. Insistían en la soledad y el desarraigo; gritaban sobre su auto exilio, sobre la tierra amada que había dejado y ésta que no le acogía como esperaba. Yo intenté sugerirle correcciones sin pisar sus opciones y le animé a seguir revisándose.

Aquella carpeta de cuartillas descoloridas y rasgadas, escritas con una máquina antigua encontrada en la basura, fue engrosando. Ddurante muchas tardes de lluvia confrontamos sus desesperanzas y mis propuestas de superación, sentados en la mesa de mi cocina y calentándonos las manos con un vasito de té. Tanta resistencia a ver siquiera una rendija de luz empezó a hacerme sospechar que Abú se sentía demasiado cómodo en su papel depresivo. Por mi parte, deseaba abandonar cuanto antes mi función de animadora.

Algo había detrás de su pesimismo aparentemente crónico, pues  aquellos poemas tomaron cuerpo de libro. No sabría decir quién convenció a quién.  Abú lo editó y distribuyó por su cuenta, con el apoyo de varias amigas. Al anochecer  recorría los bares de Bilbao con una vieja bolsa de tela vaquera al hombro cargada de libros. Cuando intuía disposición a conversar sobre el exilio mostraba ufano su poemario y declamaba alguno escogido para la ocasión. Y siguió escribiendo en los huecos de reposo entre sus trabajos como acuchillador, como obrero de la construcción y en la venta ambulante.

Tras más de un año sin vernos coincidimos en el bar de un paisano suyo y conversamos, ¿cómo no? sobre la escritura, nuestra pasión en común. “Ahora ya no escribo sobre la emigración”, me dijo satisfecho. “Esa época se acabó. Ahora hablo de otras cosas. Las culturas. La mía, la tuya; nuestra cultura… ¡porque muchas veces es la misma! Sobre la vida aquí… Otros temas”.

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Hace varios años un periodista local se atrevió a mentir que había muerto el último molinero de El Campo de Gibraltar. Si buscaba un efecto impactante, el veneno de su palabra hizo que más de una persona retirase su atención de los seculares molinos harineros y de las familias que los mantienen. Igualmente, ¡cuánta veces he escuchado hablar de la inevitable desaparición de los trabajos de cestería con palma! Visto así, sólo merecen ser recordados con añoranza.

Como la vida cotidiana discurre por veredas distantes a estos mezquinos usos, no es extraño que más de un molino harinero siga batiendo las aguas del arroyo del Rayo, y que decenas de campogibraltareños aún trencen entre sus ágiles dedos la hoja del palmito (nuestra entrañable palmera autóctona) para transformarla en tonisa o empleita, precedente de aperos y esteras que perduran como la vida humana.

Tiempo hace que en Puertollano, Juan Gil había abandonado su permanencia en el oficio de su vida, de la que se iba retirando lentamente por deseo propio; su hija María bien lo sabía. María, la que aún amasa la harina que una vez fermentada se transfigura en Pan dentro del horno casero. El camastro habilitado en el interior de su molino fue retirado, y desaparecieron sus prolongadas siestas de verano arrulladas por la piedra molinera. Al recibir la noticia, un repentino vértigo me llevó a dudar si el milagro de la energía cinética transformada en Pan (el Pan de Puertollano) se detendría. No tardé en recobrar mi noción de las cosas cuando supe que un yerno suyo y un nieto habían tomado relevo.

El olor ácido del Pan recién cocido me lleva a una conversación en la cocina de un cortijillo a las afueras de Tarifa. El secreto de una buena telera de  pan macho (de cuyo nombre habría que hablar), ¿dónde se halla? “En la molienda de la harina”, afirmaba con seguridad un anciano de la casa. “En el amasado”, corregía firme la mujer que le acompañaba. Inevitables divergencias originadas por el secular reparto de tareas. Cierto es que su tiempo (y el de Juan y sus hijos) no lo fue de oficios a escoger sino de supervivencia.

El anciano molinero que fue testigo de temidas visitas de “los de la sierra” en los caseríos de Puertollano y del estraperlo durante varias décadas, no quiso dejarnos mientras no vio asentada la continuidad del centenario oficio familiar. Por eso, a sus noventa años, Juan Gil ha marchado garganta arriba tranquilo. Sabe que el molino es para su gente motivo de vida; la vida del hilo de agua que desde el canal de piedra salta y golpea la pala, que transmite el movimiento a otra piedra que torna el trigo en harina que cocerá en Pan.

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Dicen que te vas a morir, Luz. Recuerdo tus enseñanzas de mujer sin escuela, como tantas mujeres de tu tiempo en Tarifa. En tu madurez te obligaron a asistir diariamente a la de adultos a cambio de recibir una paguita. Tú sabías que gracias a vuestra presencia las maestras conservarían su puesto de trabajo y que por eso os animaban a asistir. “¡El mundo es redondo como una pelota!”, llegaste pregonando un día. Y en su inmensa redondez, te viste acompañando a tu madre en su largo viaje final.

Tras la despedida, no tardaste en ser compañía de decrépitas señoritas; aquellas que habían vivido del sudor de las pobres de Tarifa. Ya a la vuelta de la vida, cuando su memoria y sus piernas temblaban, ellas se apoyaban en tí, Luz. Y siempre malpagada. La ex directora de escuela cuyos pensamientos se deshilachaban se revolvía nerviosa en la mecedora al escucharte palabrear chascarrillos con guasa. Y sin embargo, ¿qué otro cariño y cuidados recibió ella en los durísimos años previos a su muerte? ¿Quién se esforzó como tú en sacarla del silencio y del abismo interior?

Libre en tus sentimientos y libre de prejuicios, te enamoraste de tu empleador. El mismo hombre que, fuera de sus casillas, te gritaba y te insultaba sin reparos. Él carecía de paciencia para tus límites y no podía ver tus cualidades. Y hasta te encelaste, ¡ay, Luz!, cuando él se acercó a otra mujer. Lo cierto es que, como el mundo es redondo como una pelota, aquel vago lazo convencional se deshizo al mirarse en el espejo.

Sólo agradecerte tu escuela libre, Luz.

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