Camino de Gibraltar; Dependencia y sustento en La Línea y Gibraltar

Los protagonistas describieron primero las duras condiciones de vida en su infancia y juventud; el hambre, la escasez y el trabajo precario, que algunos han sufrido hasta hace poco. Siguieron con la represión durante o tras la Guerra Civil: participación en la guerra, prisión o exilio de familiares cercanos, y discriminación por ideas en el ámbito laboral; especialmente negando la oportunidad de trabajar en Gibraltar. A continuación afloraban recuerdos relacionados con el impacto de las relaciones políticas entre España y Gibraltar en su vida familiar y laboral: las dificultades para obtener los pases de acceso a la colonia, el control sobre el trasiego de productos, el cierre de la frontera y los traslados forzosos tras perder sus trabajos. Se presentan de forma clara como una generación que ha tenido ciertas oportunidades por la cercanía a la colonia, pero que ha sido objeto de los intereses económicos, cual pieza en un tablero de ajedrez desplazada según el interés del poder.

(…) El Campo de Gibraltar, una comarca con grandes carencias sociales. La Línea, una población urbana y proletaria (y por lo tanto luchadora y perseguida), cuyo origen y destino no pude desligarse de su vecina Gibraltar. En el último siglo, el contrabando ha sido su motor de vida (supervivencia para unos, riqueza para otros), insertado en la industria del tabaco. Una ciudad que cubre las necesidades de la base militar vecina, y con otra industria importante cuyas dimensiones están por conocer: la del sexo.

En los años cincuenta, un sacerdote que trabajaba en La Línea fue trasladado por denunciar la sangrante realidad de La Línea. Actualmente, los documentos locales suelen evitar la historia reciente de la ciudad, o bien la resumen en un simple enunciado: “tiempos duros de hambre y pobreza”, o “los años del matuteo y de los mandaos”. La página web titulada “Historia de la parroquia” se refiere a los bienes eclesiásticos y cofradías; y la encabezada como “Historia de La Línea” sólo describe a sus mandatarios. La historia del pueblo linense (y por tanto, del gibraltareño), ¿dónde queda reflejada?

Ellas y ellos han sido testigos privilegiados de situaciones difíciles de percibir desde posiciones acomodadas. “Como yo era pintor, en todos los lados andaba metido, y me daba cuenta de muchas cosas”, afirma Antonio Barros.  (…) Cuando Francisca Aguilar se apuntó al taller, algunos familiares le advirtieron: “¡Tú no vayas a decir nada de la guerra”. Y avanzado el curso, uno de los participantes me dijo: “¡No irás a contar que todos éramos contrabandistas!”. Antonio Barros se lamentó, impotente, de no poder hablar con libertad de todo lo que sucedió a sus familiares. La represión y la criminalización se centró en las mujeres y hombres que tomaron una opción política que no beneficiaba a las clases poderosas, y en aquellos que sacaron adelante a sus familias recurriendo a oficios declarados ilegales (que les permitieron salir adelante a duras penas).

En el silencio impuesto o aceptado, el estigma (contrabandista, matutera, rojo o roja, masón o mujer mala) marca destino, confunde y penaliza sin juicio ni sentencia. Es preocupante constatar que muchas personas afectadas se avergüenzan de ello, incluso sienten culpabilidad. A un mismo tiempo, y no por casualidad, esta tupida cortina deja impunes a quienes se beneficiaron con creces de los oficios de supervivencia, y a quienes han evadido su responsabilidad y caminan con la cabeza alta.

Francisca Aguilar explica: “Cuando me dicen, ‘No cuentes más, que ya eso pasó’, yo digo, ‘Esta es la Historia de la vida. ¿No sucedió para mí?’. Si no se hablaran las cosas, no habría Historia, y los libros no existirían… ¡y a mí me gusta mucho leer!”. Sólo desvelando lo vivido se desmonta la impunidad, apoyada en el silencio y en el estigma. Se trata de un paso imprescindible para colocar en su justo lugar los hechos y para devolver la dignidad a sus protagonistas.

(Extracto de la introducción del libro “Camino de Gibraltar” (Sevilla, 2011)

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